Tuesta pan de centeno y úntalo con mantequilla trabajada a mano, mezclada con ajo de oso finamente picado, ralladura de limón y una pizca de sal de hierbas. Añade hojas jóvenes de diente de león aliñadas con vinagre de frambuesa. Un vecino del valle jura que esta combinación abre el apetito y el corazón. Para opción vegetal, sustituye por aceite infusionado y avellanas tostadas, logrando la misma sonrisa en la primera mordida.
Sirve polenta cremosa enriquecida con un puñado de setas salteadas en mantequilla parda, terminadas con queso de altura rallado y pimienta recién molida. Alterna, si prefieres, ñoquis de ricota con hojas de salvia silvestre crujiente. Controla la sal, deja reposar un minuto y lleva a la mesa humeante. Un toque de aceite aromático de tomillo eleva todo. Las caras alrededor del plato dirán lo demás sin palabras.
Cierra con compota de arándanos silvestres servida tibia sobre yogur de granja y un hilo de miel de montaña. Ofrece un cordial casero de flores, como saúco con menta, o una infusión de brotes de pino para brindar sin prisa. La sobremesa pide relatos de caminatas, consejos de recolección y promesas de nuevas salidas. Comparte fotos, deja tus notas y vuelve pronto: la próxima estación ya está asomando.